José Ramón LÓPEZ RODRÍGUEZ, "Sevilla, el nacimiento de los museos, América y la Botánica", en:

GASCÓ, Fernando y José Beltrán (eds.) .--La Antigüedad como argumento II. Historiografía de arqueología e historia antigua en Andalucía, Sevilla 1995, pp. 75-97.

 

 

El creciente interés que la Historiografía está suscitando entre los estudiosos hace que cada vez sean más frecuentes las alusiones a los museos anteriores a la era industrial. Sin embargo --tal vez a causa de que el tema concita intereses paralelos--, el nacimiento de los museos en el renacimiento tardío ha sido con demasiada frecuencia estudiado desde el punto de vista exclusivo de la Historia del Arte o de la Arqueología. También con frecuencia el acercamiento a ellos se ha producido con la clara intención de encontrar noticias sobre los materiales que estos museos contenían. Así ha sido también el caso español, donde se ha tenido con asiduidad más en cuenta los datos que se pudieran obtener de ellos sobre ciertas colecciones de pintores, sobre la escultura o sobre las lápidas, que en sí mismos como conjuntos, es decir como museos. Ello ha dado lugar a un fenómeno curioso: se han pasado por alto una parte importante de ese coleccionismo manierista, la referente a la historia natural, cuando en muchos casos fueron estas naturalia las que consituyeron el núcleo fundacional de aquellos museos. Como veremos a continuación, el museo tal como se entiende en el siglo XVI está indisociablemente unido a estas colecciones de objetos de la naturaleza, de tal forma y hasta tal punto que conceptualmente el museo -incluso el de hoy- es deudor en su origen de ellas.

 

Hay un hecho que marca el siglo XVI desviando para siempre el curso de la historia: el descubrimiento de América. Las consecuencias del descubrimiento, que se van a ir dejando sentir de forma progresiva según avanza el siglo en todos los campos, van a ser también decisivas en el tema que nos ocupa. Las circunstancias históricas hicieron que en una ciudad, Sevilla, elegida puerta de América, confluyeran en perfecta simbiosis estos dos factores -coleccionismo y tráfico de productos americanos- con la suficiente intensidad como para proporcionarnos un caso paradigmático. En efecto, ya a partir de la mitad del siglo XVI se aprecia en Sevilla, quizás antes que en ningún otro sitio, esa línea de fisura que va a desembocar en un coleccionismo "moderno", aglutinado en torno a los objetos naturales y que veremos luego desarrollarse con amplitud en las demás naciones europeas a partir del siglo XVII.

 

Las curiosidades naturales no eran ciertamente novedad y ya habían sido objeto de la atención de los coleccionistas de épocas anteriores. Pero sin embargo el cambio ahora es radical: si en las colecciones principescas del primer renacimiento las piezas eran estimadas por su valor como joya, y si en ellas los objetos procedentes del mundo natural se incluían por su valor mágico o mitológico (el unicornio por ej.), ahora se comienza a dar valor al dato que las piezas puedan aportar. Por ello, aunque la superstición siga ejerciendo su influencia, comienza un creciente interés por estas curiosidades de la naturaleza valorandolas en sí mismas y no como preciosidad, a la par que -todo un símbolo de los nuevos tiempos- es creciente el interés por la mecánica plasmada en autómatas, relojes e instrumentos científicos(1).

(1) ARACIL (1979), passim.

Es cierto que se prima lo fantástico y se da facil cabida a lo insólito, a lo maravilloso: huevos de avestruz, lenguas de serpiente, colmillos de jabalí, dientes de tiburón, caparazones de tortuga, piedra bezoar, olifantes, figuritas de mandrágora... Pero justamente esta mezcla de superstición e historia natural, con toda su carga de ingenuidad, es uno de los componentes que dan personalidad a los nuevos museos, que adquieren un aspecto manifiesto muy llamativo y excitante. «De las paredes, de los techos colgaban en abigarrada mezcla toda clase de serpientes, cocodrilos, pájaros, raras cornamentas, engendros con malformaciones, huesos de animales primitivos (en el inventario designados, naturalmente, como huesos de gigante), la defensa de un pez espada, etc.» (2)

(2) SCHLOSSER (1988), p. 129.

(3) NAVAGERO (1983), p. 40.

Así serán los museos que se van a formar en Sevilla durante el siglo XVI. Pero con una particularidad: la procedencia de todas esas "diversas cosas extrañas" de que estarán llenos. En efecto, el interés que el manierismo despierta por lo singular va a confluir en esta ciudad, en un complemento perfecto, con la aportación ingente de materias que llegaban a Sevilla procedentes de la recién descubierta América, un nuevo continente lleno de maravillas exóticas que no dejaban de sorprender por su rareza. «Vi yo en Sevilla muchas cosas de las Indias y tuve y comí las raíces que llaman batatas, que tienen sabor de castañas» (3), nos dice el embajador Navagero en 1524. Objetos, plantas, animales nunca imaginados, e incluso los mismos indígenas(4) procedentes de las Indias occidentales, tenían que ser vistos con idéntico renovado estupor con el que tiempo atrás se leían las descripciones que Marco Polo hizo de aquellas otras Indias orientales.

(4) Jerónimo Münzer vio en Sevilla en 1494 a los primeros indígenas que habían llegado de América. El 24 de enero de 1495 fue recibido en audiencia por los Reyes Católicos y en el discurso que les dirigió, relatando sus anteriores jornadas de su viaje dice: "Sevilla, lugar en que nos aguardaba el espectáculo asombroso de los hombres traídos de las Indias, descubiertos bajo vuestros auspicios, seres que hasta hoy permanecieron ignorados de las gentes e insigne prodigio en el que muchos no creen todavía": MÜNZER (1952), p. 405. El mismo Navagero, tan parco en descripciones de gentes, hace una excepción en este caso: «También vi algunos jóvenes de aquellas tierras que acompañaban a un fraile que había estado allí predicando para reformar las costumbres de los naturales, y era hijos de señores de aquellos países; iban vestidos a su usanza, medio desnudos, y sólo con una especie de juboncillo o enagüetas; tenían el cabello negro, la cara ancha, la nariz roma, casi como los circasios, pero el color tira más a ceniciento; mostraban tener buen ingenio, vivo para todo,», etc.: NAVAGERO, (1983), p. 40.

Si bien es cierto que el interés por lo que llegaba de América se extendió pronto por toda Europa(5), el caso de Sevilla es excepcional porque esta ciudad tiene sobre las demás la enorme ventaja de la primicia, al menos durante estos primeros tiempos. Aquí es donde llegan directamente los barcos de Indias, donde tocan tierra los nuevos bienes y desde donde son distribuidos al resto del orbe. Aquí llegan incluso los frutos aún frescos como para ser comidos(6).

(5) Montaigne por ejemplo tenía un pequeño museo americano: SCHLOSSER (1988), p. 54.

 


(6) También nos lo dice Navagero, p. 40.

El flujo de todos estos productos raros y su "sorpresa", no cesó a lo largo de todo el siglo. Aún en 1600 el médico Juan de Castañeda, en carta al botánico flamenco Carlos Clusio o de L'Ecluse, le decía: «Hay aquí, (...) las mayores curiosidades, que se pueden desear»(7); y en otra posterior relata así la llegada de uno de estos cargamentos:

(7) Carta de Juan de Castañeda a Clusio, 20 oct. 1600: ASSO (1793), p. 55-56.
 

«Con esta flota, que ahora llegó, nos han traído yerbas, más seis o siete peces de diferentes maneras, el uno de los cuales me dice ahora un Maestre, que le vio en Honduras antes de cogerlo, que como bola estaba sobre el agua, y más de mil peces pequeños al rededor, y él solo se defendía con la figura de la bola, y sus púas, y no son tan grandes como las del Erizo, que habrá dos años traxeron de allá ...»(8)

(8) Carta fechada en octubre de 1601: ASSO (1793), p. 58.

Indudablemente todas estas "maravillas" fueron las que dieron cuerpo a los museos sevillanos. Sin embargo la aportación no va a ser plenamente indiscriminada, y pronto se manifestará un doble centro de interés en esta relación: la cosmografía y la botánica, siendo esta última la que mayores frutos dará.
El mundo de las plantas desconocidas se reveló como una fuente inagotable no solo de sorpresas sino de conocimientos. Además tenía la ventaja de lo fácil de su transporte en forma de semillas. De nuevo es Castañeda el que nos lo ilustra, y hablado de una semilla dice:

 
 

«Otra está sembrada, que deseo mucho ver, que me certifica, que como se lleguen a ella, aunque esté un codo de alto, se marchita, y cae en el suelo, y como el hombre se aparta, se va levantando, y reviviendo. El Licenciado Zamorano me dice lo ha visto así.»(9)

(9) Carta de Juan de Castañeda a Clusio, marzo 1602: ASSO (1793), p. 61.

Esta curiosidad por las plantas no era ociosa. Los que se interesaban por la botánica eran médicos que esperaban descubrir, en este inusitado filón de plantas nuevas, otras soluciones para las enfermedades con las que se tenían que enfrentar en su práctica profesional. Este afán por conocer es el que da origen a los herbarios, a los jardines botánicos, y a la reunión en general de cuanta noticia y objeto se pudiera conseguir.

 

Pionero en este interés fue Nicolás Monardes (Sevilla, 1508-1588). Hijo de Niculoso de Monardis, miembro de una familia genovesa establecida en Sevilla, Nicolás de Monardes estudió medicina en la Universidad de Alcalá, adquiriendo fama más adelante como médico en Sevilla, lugar en el que siempre ejerció su profesión. Invirtió en negocios con Indias, formando una compañía comercial que entre otras cosas comerciaba con esclavos de Cabo Verde(10).

(10) RODRÍGUEZ MARÍN (1925), p. 25.

Estos negocios, además de arruinarle, le proporcionaron la oportunidad de tener contactos con el nuevo continente. En su Sevilla natal estaba siempre pendiente de la llegada de barcos que le traían noticias y plantas americanas de aplicación médica, por las que se interesó vivamente y sobre las que escribió, a partir de 1565, su obra clave titulada Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias occidentales que sirven en medicina(11), que se publicó en tres partes entre 1569 y 1574 y que tuvo tanto éxito que en menos de un siglo se hicieron cuarenta ediciones en seis lenguas(12). Así fue cómo Monardes reunió un autentico museo de historia natural vinculado con América. También plantó en su huerta especies vegetales americanas aclimatándolas para poderlas usar en su práctica médica(13). Según Bekman tenía el museo ya en 1554(14), año en el que se muda de la calle Francos a la calle Sierpes, por lo cual su museo es uno de los primeros en Europa. Esto vale a su biógrafo Olmedilla para decir que sirvió de modelo y estímulo a Argote y a Rodrigo Zamorano(15), los cuales nunca llegaron en sus colecciones a igualar a la de Monardes(16).

(11) MONARDES (1988).
(12) PÉREZ-MALLAÍNA (1992), p. 208.
(13) «Yo tuve los dias passados, un dolor de una muela, que me dio pena toda una noche, y parte de un dia, y pedi de una huerta, que en casa tengo, unas hojas de Tabaco, y asi mismo la rayz dicha, y masquelas entrambas juntas, y desflemé , y quitoseme el dolor...» MONARDES (1988), hoja 67 vuelta (el subrayado es nuestro).
(14) Como toda la bibliografía que trata de Monardes, tanto la antigua como la reciente, menciona a Bekman, no hemos podido resistir la tentación de citarlo nosotros también. Creemos que el inicio de la cadena se halla en COLMEIRO (1858), p. 151, de quien lo toman todos los autores posteriores. Colmeiro seguramente la toma de Ignacio de Asso, quien dice: «Maxima etiam Monardo debetur laus, quod in eorum numero fuerit, qui primi rerum naturalium collectiones adornarunt; nam illius Musæum ad annum 1554 refert eruditus Joannes Bekman in peculiari dissertatione de Musæis Germanice edita [Beytrage zur Geschichte von Erfindungen, Leipsig 1782. 8.]».: ASSO (1793), p. 14.
(15) Y tanto que podía servir de modelo. Por situar cronológicamente al lector, permítasenos decir aquí que en la fecha referida de 1554, en la que ya se dice que ya existía el museo de Monardes, Argote de Molina tenía tan sólo seis años de edad. Zamorano también contaba con seis años en aquella fecha.
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Paralelamente, el descubrimiento de América despertará el interés por la Cosmografía. Había nuevas tierras que era urgente conocer y describir, a la par que era necesario un reajuste en la concepción del mundo hasta entonces conocido, lo que supuso un auge en los estudios de este tipo. Consecuencia de ello fue la cátedra de Cosmografía que en 1552 se creaba en la Casa de Contratación de Sevilla.
El primero en ocuparla fue Jerónimo Chaves (1523-1574), que en aquella fecha contaba treinta años. Cosmógrafo y astrólogo, catedrático de todas las matemáticas y piloto mayor según Rodrigo Caro(17), maestro en artes y en medicina según su testamento(18), Chaves dejó escritas algunas obras sobre el tema, como la aparecida en 1548, su Chronographia o repertorio de los tiempos... en el qual se tocan y declaran materias muy provechosas de philosophía, astrología, cosmographía y medicina, donde se mezclaban noticias históricas de los papas o los reyes de España con los "cielos y los planetas o estrellas errantes"(19).
Chaves donó testamentariamente su "preciosa librería"(20), junto con su gabinete, al Monasterio de las Cuevas en Sevilla, ordenando que todo fuera guardado en un aposento del Monasterio. Alguno de los párrafos del testamento nos da noticia del contenido de ese gabinete:

(16) Afirmación tal vez exagerada: OLMEDILLA (1897) pp. 9 y 10. Aparte de las afirmaciones mencionadas en el párrafo anterior y repetidas por toda la bibliografía existente, no tenemos datos sobre qué colección era el sustento de este museo, ni cómo era su disposición
 
 

(17) CARO (1992), p. 105.


(18) CUARTERO (1950), Tomo I, p. 461. En la p. 460 añade el calificativo de "poeta".

(19) CARO (1992) p. 106.

 

 


(20) MARTÍN RINCÓN, José, Protocolo de el Monasterio..., tomo I, p. 474; citado en: CUARTERO (1950), tomo I, p. 460.

 

«yten digo que yo tengo en mi escritorio muchos y muy buenos libros e instrumentos de mi arte y otras muchas cosas curiosas e vidrios y todo lo tengo puesto por buen orden de manera que está adornado»(21).

(21) GESTOSO (1910) p. 272.

Además envía «una caja grande... llena de muchos mapas» que estaba fuera ya del escritorio. La lista de libros incluidos en la donación llega a 548 y los objetos que componen el gabinete y que pasaron a la Cartuja son más de 350. Entre ellos predominan logicamente los instrumentos relacionados con la cosmografía y el arte de navegar (cuadrantes, astrolabios, compases, agujas de marear, globos terráqueos y esferas celestes), los mapas y los innumerables relojes de todo tipo, junto a otras cosas curiosas (una «caja llena de conchas», «un guebo de abestus», «quatro ydolos estranjeros de barro negro»), algunas de ellas americanas: «cuatro cocos, una concha de tortuga y un caracol, una caja llena de mochoacan», o «un bote de vidrio con arcachofas de las yndias en conçerba»(22).

(22) «E luego como se ynbentariaron todos los libros e otras cosas que de suso están dichas y declaradas las hize llevar e se llevaron al dicho Monasterio y entraron en poder de los dichos padres prior e monjes del.» Este párrafo y la lista de inventario pertenecen al documento que se redacta cuando se cumple la clausula testamentaria de donación y el Monasterio la Cartuja de Sevilla se hace cargo de los bienes que le han correspondido. Ver más adelante nota (25).

Las disposiciones testamentarias aportan más noticias: por un lado el deseo de mantener la integridad de la colección(23), pues con ese fin se dona, y por otro el deseo de que ésta sea en cierta forma pública, visitable:

(23) Deseo que es común a otros coleccionistas de la época: MORAN (1987), p. 30.
 

«yo dexo e mando todo lo que está dentro de dicho escriptorio de la manera questá en él ... para efeto que todo lo pongan en vn aposento del dicho monesterio por horden como yo lo tengo para recreación de los muy reverendos padres prior e frailes del dicho monesterio para que lo puedan enseñar a cualquier señor que vaya al dicho monesterio pero de tal manera lo enseñaren que no consientan que se saque ninguna cosa porque es mi voluntad que no se pueda vender ni dar a ninguna persona sino que siempre esté en el monesterio»(24)

(24) GESTOSO (1910) p. 272.
 

«Yten mando al dicho Monasterio de la Cartuja una caja grande que está fuera del dicho escritorio la qual está llena de muchos mapas; mando que así como está se de al dicho Monasterio y que en él tengan los dichos mapas en parte donde los puedan mostrar y tomar recreaçión con ellos, y que no se puedan vender ni enagenar ni den ninguna cosa de las que yo mando al dicho Monasterio ni se pueda sacar del porque mi voluntad es que siempre estén en el dicho Monasterio.»(25)

(25) Gestoso publicó solo un parrafo del testamento, tal como se cita en la nota anterior. He podido utilizar la transcripción completa mecanografiada del testamento hecha por Dª Isabel Medrano, que amablemente nos ha facilitado también el inventario que se hizo tras la muerte de Chaves de todos los bienes que pasaron a la Cartuja. Los documentos originales se encuentran en el Archivo de Protocolos de Sevilla.

A la vista de estas sus palabras no podemos dejar de resaltar la importancia que Chaves concede al "orden" en que su colección estaba dispuesta. Tanto que lo cita tres veces en estos cortos párrafos, pidiendo que se vuelva a recrear en el monasterio ese ambiente «por horden como yo lo tengo». Aparece por tanto aquí un tema de auténtica museografía que, juntamente a ese deseo de que su gabinete sea público y que se pueda enseñar "a cualquier señor" que vaya a verlo, se anticipa en el tiempo a los rasgos que definen todo museo.

 

Mientras tanto los estudios de Botánica se van a ir incrementando a lo largo de esta segunda mitad de siglo, no faltando incluso el deseo de establecer en Sevilla un Jardín Botánico, siguiendo la tendencia general, pues poco antes se habían comenzado a fundar los primeros jardines en Italia(26).

(26) En 1544 el gran duque de Florencia creó el de Pisa; en 1546 el senado de Venecia el de Padua; en 1568 el de la Universidad de Bolonia, y en el mismo año el de Roma: COLMEIRO (1875), p. 2.

Así es como, simultáneamente a las investigaciones de Monardes, tenemos la noticia de la fundación del Jardín Botánico de Aranjuez, que fue el primero en establecerse en España. El médico naturalista Andrés Laguna se lo pedía en 1555 a Felipe II en la dedicatoria de su traducción de Dioscórides(27). Y no deja de ser singular que el propio Felipe II, a la hora de recolectar plantas para Aranjuez, enviase en 1568 un comisionado, un herbolario, a buscarlas en Sevilla. Nos lo cuenta el médico Francisco Franco, catedrático de la universidad hispalense, que fue consultado con tal motivo:

(27) COLMEIRO (1875), p. 3; ASSO (1793) p. 14.
 

«Pues el Rey Don Philippe nuestro Señor ha embiado un erbolario con un Cathalogo de yerbas buscando los puestos de ellas, para llevarlas a Aranjuez, en donde Su Magestad allende las grandes cosas, dignas de tal Principe, que ha mandado hacer, así en edificios, como en conservar los bosques con muchissima caza, hace grandes jardines, para tener todo genero de plantas, así de las hermosas que deleytan con la vista, como de las demás, que aunque no sean hermosas, son útiles para el uso medicinal... Digo esto como testigo de vista, porque el Señor Don Francisco de Castilla me mandó llamar, para que me viese con el erbolario...»(28)

(28) Citado en: ASSO (1793) p. 14.

El párrafo pertenece al "Libro de las Enfermedades Contagiosas"(29), justamente a la argumentación para solicitar del cabildo que en Sevilla se hiciera un jardín como en Aranjuez. La iniciativa no prosperó. Al menos a nivel oficial, porque sí que hubo un auténtico jardín botánico. Pero lo hizo Simón Tovar (†1597) en un jardín propio, del que editaba cada año un catálogo, cultivando plantas medicinales y «muchas otras de las más notables entre las exóticas».(30)

(29) Sevilla, 1569, p. 38.


(30) «Debía tener su jardín bien ordenado y debía ofrecer bastante interés para aquella época, supuesto que se apreciaban los catálogos anuales de las plantas en él cultivadas»: COLMEIRO, (1875) p. 4. Ver también COLMEIRO (1858), p. 152; RODRÍGUEZ MARÍN (1920), p. 25.

Tovar murió a principios de 1597 y su jardín botánico se consideraba de tal importancia que fue Felipe II quien ordenó conservarlo: «su magestad se sirve de que se conserven las yervas de la güerta del doctor tovar»(31).

(31) Actas Capitulares de Sevilla, escribanía 1ª, cabildo de 9 de mayo de 1597: citado en RODRÍGUEZ MARÍN (1920), p. 26.

Tocar el tema del Jardín Botánico, estas "yervas de la güerta", ha supuesto que nos apartemos levemente del curso de nuestro relato, pero era algo necesario para comprender el ambiente científico que se está desarrollando en Sevilla en las últimas décadas del siglo XVI y que nos ha permitido afirmar en algún párrafo anterior que los "naturalia" que nutren los gabinetes no son ociosos.

 

Seguramente el museo más famoso en Sevilla en la segunda mitad del siglo XVI fue el de Gonzalo Argote de Molina (Sevilla, 1548-Las Palmas de Gran Canaria, 1598), caballero Veinticuatro y Alférez Mayor de Andalucía. De la descripción que de él nos da Pacheco en su "elogio" podemos constatar que constaba de una buena biblioteca(32), una armería, una galería de retratos de hombres ilustres que expresan el vínculo intelectual del museo(33), y un monetario, no faltando tampoco los fragmentos de la antigüedad, pero sobre todo enriquecida con toda suerte de curiosidades y rarezas:

(32) Ver MILLARES CARLO (1923), pp. 137-152; ORTIZ DE ZúÑIGA (1988) IV, pp. 392-393.


(33) Al comienzo del libro de Monardes citado, hay un "elogio a su retrato [de Monardes] que se encuentra en su museo", firmado por Gonzalo Çatieco de Molina. Sobre la sustitución de apellido Argote por el de Çatieco, Çático o Zatieco, ver: MUÑOZ GARNICA (1866), p. XI.

 

«Después destos exercicios de las armas, se dio al estudio de las letras, i hizo en sus casas de cal de Francos (con buena elección a mucha costa suya) un famoso museo, juntando raros i peregrinos libros de istorias impresas y de mano, luzidos i extraordinarios cavallos, de linda raça i vario pelo, i una gran copia de armas antiguas i modernas, que entre diferentes cabeças de animales y famosas pinturas de fábulas i retratos de insignes hombres, de mano de Alonso Sánchez Coello, hazían maravillosa correspondencia.»(34)


(34) PACHECO (1985), pp. 273-274.

Este es otro de los rasgos que caracterizan a estos museos-biblioteca: están vinculados al saber(35). Por ello se encuentran dentro de un entramado del que participa el circulo de los íntimos e intelectuales del momento. No solamente nos lo dice Pacheco hablando de Argote en la obra citada: «Ilustrado su entendimiento con la leción i comunicación de los más doctos de su tiempo...»(36), sino que también podemos ver a Monardes, con toda su curiosidad científica, examinando, estudiando las piezas de la colección de Argote: Según palabras del propio Monardes, que puso al pie de la lámina que representa un armadillo:

(35) Por lo tanto, aunque en algún caso y en una mirada superficial, justamente por su carácter de gabinete de curiosidades, éstos a los que nos estamos refiriendo puedan parecer museos de rarezas o caprichos, es decir una mezcla de objetos museables con cosas sin valor, no hay que olvidar lo que son en realidad: museos del saber. Y este saber busca su saciedad en dos facetas complementarias de un mismo hecho: la explicación del objeto por medio de los textos y el objeto en sí como ilustración y complemento, como "fenómeno" observable. Pretenden ser un "microcosmos" ordenado. La disposición de los objetos en él es el medio para conseguirlo.
(36) PACHECO (1985), pp. 273-274.

 

«este animal saqué de otro natural, que está en el museo de Gonzalo de Molina, un caballero desta ciudad, en el qual ay mucha cantidad de libros de varia lectión, y muchos generos de animales y aves, y otras cosas curiosas, traydas así de la India Oriental, como Occidental, y otras partes del mundo, y gran copia de monedas y piedras antiguas, y diferencias de armas, que con gran curiosidad y con generoso ánimo ha allegado»(37)

(37) MONARDES (1988), fol. 81.

La articulación de la colección de Argote es clara y no carece de un cierto carácter de transición, pues no faltando en ella ninguno de los apartados o secciones que podríamos considerar esenciales en un coleccionismo de prestigio, incorpora ya un rasgo tan moderno como la gran variedad de animales que forman parte de las curiosidades de procedencia exótica, provenientes de las Indias y otras partes del mundo.

 

Es interesante recalcar que, independientemente del valor que hoy nosotros le queramos dar, sus contemporáneos lo consideraban como muy importante(38). Tanto es así que Francisco Pacheco, en sus Retratos, no encuentra mejor modo de expresarlo que facilitándonos la siguiente anécdota referida a Felipe II:

(38) Sin embargo no deja de ser también significativo que a la hora de resumir su vida en una cuartilla en su «Memoria autobiográfica para su hijo Agustín», publicada en FERNÁNDEZ DURO (1901), Gonzalo Argote sólo mencione de su actividad como hombre de letras un «escribí seis libros de la Nobleza de Andalucía», mientras que todo el resto del relato de su vida se centra en cargos, servicios, honores y hechos de armas.
 

«...obligaron a Su Magestad, hallándose en Sevilla, año 1570, a venir en un coche disfraçado, por orden de don Diego de Córdova, a onrar tan celebrado camarín»(39)

(39) PACHECO (1985), pp. 274.

Gonzalo Argote tenía entonces veintidós años. Hubiera sido digno de ver a Felipe II, que alguna historiografía nos pintó tan sobrio(40), divertido y disfrazado, examinando todas aquellas curiosidades, seguramente también asombrándose... No sabemos hasta qué punto, pero lo cierto es que inmediatamente después de esta visita a Sevilla es cuando en la biblioteca del Escorial, que estaba concebida también como museo y gabinete científico, empiezan a llegar unos huesos de ballena, un elefante y un rinoceronte, un armadillo, y cuadros naturalistas de animales de Indias que fueron colocados en la antecámara del rey a partir de 1572(41).

(40) No así en su juventud. El embajador Federico Badoaro, en su informe a la señoría veneciana en 1557 dice de él: «Hace uso inmoderado de ciertos platos, y, sobre todo, de pasteles. Se siente atraído por las mujeres. Una de las diversiones es ir disfrazado, de noche, incluso en medio de los asuntos más graves, y se divierte con toda clase de juegos»: BADOARO (1952), p. 1113.

 


(41) MORAN-CHECA (1985), pp. 95-118.

Cosmografía y botánica se van a unir en otro personaje singular: Rodrigo Zamorano (1542-?). Piloto mayor de la Casa de Contratación y cosmógrafo de Felipe II, tenía en su casa tanto un jardín botánico como un museo de curiosidades naturales relacionado con Indias(42). Estando vacante la cátedra de Cosmografía en la Casa de Contratación, se sacó a oposición en 1590, ganándola Zamorano, quien la leyó hasta 1594, aunque con muchas ausencias por sus ocupaciones como cosmógrafo(43). Al igual que Chaves, escribió una «Cronología o repertorio de la razón de los tiempos»(44).

(42) COLMEIRO, (1858), p. 155.


(43) RODRÍGUEZ MARÍN (1920), p. 23.


(44) Sevilla, 1585: GESTOSO (1910), p. 277.

Tanto de su actividad como botánico(45) como de su cámara de historia natural nos da noticia el ya citado doctor Juan de Castañeda en carta a Clusio, cuando hablando de los portentos que existen en Sevilla dice:

(45) Carta de 24 de abril de 1601: «El licenciado Zamorano se entretiene en sacar aceite de romero y zumo de orozuz...». ASSO publica también una carta de Zamorano a Clusio.
 

«Hay aquí, si hubiéramos quien lo cortara, y pintara, las mayores curiosidades, que se pueden desear; así de todos los animales, y peces, que tienen conchas, y defensas naturales al modo de Tortugas, o galápagos, como caracoles, armadillos, nácar madre de perlas, y otros animales muy diferentes, de los cuales por no tener copia no se pueden embiar de ellos»(46)

(46) Carta de 20 de octubre de 1600: ASSO (1793), p. 55-56. En este párrafo se ha mencionado otro matiz interesante: la propia rareza de las piezas de colección para el naturalista.

Para concretar, algo más adelante, el lugar donde se encuentran exactamente esas curiosidades:

 
 

«Quien lo ha juntado ha sido el Licenciado Zamorano, que como exâminador de Maestres de la carrera de Indias, cada Maestre que va, tiene a dicha traerle alguna cosa nueva o extraordinaria, y así tiene las paredes de los portales de su casa, todas llenas de estas conchas, peces, y animales muy de ver»(47)

(47) ASSO (1793), p. 55-56; De aquí toman la noticia tanto RODRÍGUEZ MARÍN (1920), p. 26, como GESTOSO (1910), p. 277.

Aquí se interrumpe en el texto la descripción de este museo, pero basta para imaginarnos el gabinete de Zamorano como las típicas cámaras de la época, con sus anaqueles, paredes y techos llenos de pieles, esqueletos y defensas de animales y otras rarezas.

 

Gestoso, basándose en unos documentos inéditos que posee, supone que el hijo del maestre Zamorano, Rodrigo Zamorano de Ozeta, continuaría el enriquecimiento del museo de su padre, pues en 1636 adquirió el título de piloto mayor cosmógrafo y el de Catedrático de cosmografía. «Es, por tanto, razonable suponer que atendiera cariñosamente a la conservación de tanto objeto raro y curioso, no solo por respeto a la memoria de su padre, sino por propio gusto y enseñanza»(48)

(48) GESTOSO (1910), pp. 277-278.

Figura no menos interesante, íntimo amigo y mentor de los personajes a los que nos estamos refiriendo, autentico humanista que abarcó dispares áreas del saber y encabezó la vida intelectual de Sevilla fue Benito Arias Montano (Fregenal de la Sierra 1527--Sevilla 1598). Tras sus estudios en Alcalá, donde fue educado en la exégesis bíblica y en el erasmismo(49), viajó a Italia y pasó algún tiempo en una villa de la Peña de los Ángeles, cerca de Alájar, en la sierra norte de Huelva(50), lugar por el que siempre suspirará y al que solo logrará volver de forma permanente al final de su vida(51). Durante estos primeros años estuvo matriculado en la Universidad de Sevilla, ciudad en la que el médico Francisco de Arce le enseñará medicina y botánica.

(49) Ver datos biográficos en REKERS (1973), p. 7-19.

(50) Corrían malos tiempos para el erasmismo, que fue considerado pronto sospechoso por la Inquisición, que le dedicó un duro acoso, no librándose tampoco Arias Montano de él. La Peña de Alájar significaba un acercamiento a unos difusos ideales estoicos, cuyos tópicos de estudio y retiro al campo se materializaron en este lugar. Ver: GÓMEZ CANSECO (1992), p. 3-17.
(51) De su casa en la Peña da una breve descripción Rodrigo Caro, pues conoció el lugar en 1621 cuando era visitador de parroquias y conventos de fuera de Sevilla. CARO (1992), p. 102. Algunos datos pueden encontrarse en GONZÁLEZ CARVAJAL (1832), p. 96. Ver también M. Mora Mantero, Monografía de la Peña, 1924; C. Doetsch, "La Peña, retiro predilecto", Revista de Estudios Extremeños, 1928.

En 1560 solicita ingresar en la orden de Santiago, admitiéndosele en el monasterio de San Marcos de León(52). A partir de aquí comienza su fulgurante carrera: En 1562 fue seleccionado para participar en la Delegación española ante el Concilio de Trento. Su prestigio fue en aumento pues Felipe II lo llamó para nombrarlo su capellán (1566) y encargarle (1568) la supervisión de la Biblia Políglota, ambicioso proyecto presentado al rey por el impresor de Amberes Plantino, personaje que va a tener un gran peso en su vida. En la casa de Plantino o Plantin se reunía lo mejor de la intelectualidad de Flandes, entre los que Benito Arias Montano hará grandes amigos, terminando finalmente por afiliarse a la "Familia Charitatis" o "del Amor", secta secreta de carácter místico que contaba con gran aceptación en aquel círculo(53).

(52) JAVIERRE-PÉREZ (1976), p. 106.


(53) Plantin había fundado en 1554 su imprenta con capital aportado por los miembros de la Familia del Amor. REKERS (1973), p. 101.

En 1576 volvió a España para hacerse cargo de la dirección de la Real Biblioteca del Escorial, lugar donde permanecerá casi una docena de años. Los últimos diez años de su vida, tras dejar El Escorial, los pasó en su siempre añorada casa de La Peña de Alájar, compartiendo su retiro con una villa de recreo que tenía en Sevilla, a pocos kilómetros de la Puerta de la Macarena, llamada "Valflorido" o "Campo de Flores"(54).

(54) Según GONZÁLEZ CARVAJAL (1832). p. 110, la casa del campo de Flores estaba situada en el pago de Miraflores, término de Sevilla «donde hoy se conserva, conocida por las Casillas de Montano. Poséela en el dia el Teniente Coronel Don José Valdés residente en Ecija: y por los títulos de propiedad que este caballero conserva, resulta que Arias Montano la compró de Don Diego Núñez Pérez de Meñaca, Veinticuatro de Sevilla y Doña María de Ayala su muger en 16 de Marzo de 1587, componiéndose entonces la heredad de olivos y tierras calmas con casa principal y casería. De un tronco de estatua de mármol, que existe aún en la puerta de la casa, se dice haber sido la efigie de Arias Montano. Pero yo más bien creo que fuese algún monumento de antigüedad hallado o adquirido por aquel sabio varón, que quiso adornar con él su casa».
La finca lindaba con la huerta llamada del "Corzo", que era propiedad de Baltasar de Alcázar: SALAZAR (1959), p. 486, nota 33. Rodrigo Caro denomina al lugar como "Charco Redondo": CARO (1982), fol 144. vtº y 145. Estos nombres se han conservado en la toponímia actual, pues en torno al arroyo de Miraflores están situados los cortijos de "Las Casillas", "Charco Redondo", y "Pino Montano".

Aunque su vida profesional se centró en las lenguas orientales, sus conocimientos en otras ramas del saber no eran flacos, y con su amplia erudición podía explicar «los secretos de las ciencias naturales, astronomía, botánica, zoología o incluso arte militar»(55). De su actividad como botánico, de la que Rodríguez Marín dice que era "harto perito"(56), tenemos diferentes noticias. Sus contactos en Amberes además sirvieron para crear un puente entre los botánicos sevillanos y los de los Países Bajos, como Carolus Clusius. En 1594 terminó en Sevilla su Naturae Historia (que se publicó póstuma en Amberes en 1601), donde describe las vicisitudes del pueblo judío desde la caída hasta la resurrección, «y es la primera parte de lo que se proponía escribir para explicar cuanto en la Biblia tiene relación con las Ciencias físicas y naturales»(57). El texto iba ilustrado con comentarios arqueológicos. Pero además es de resaltar que en el segundo volumen, que trataba de geología, física y botánica, planteaba un sistema universal de clasificación de todos los fenómenos naturales, lo cual no puede ser considerado precocidad respecto a los avances que las ciencias experimentarán cien o ciento cincuenta años más adelante, sino que está en plena consonancia con las preocupaciones de esta segunda mitad del siglo XVI, como hemos tenido ocasión de ver en páginas precedentes, preocupaciones y metas que hallaron en el museo su formulación más precisa.

 

 

(55) El testimonio procede de un poema del canónigo Francisco Pacheco dedicado a Pedro Vélez de Guevara, en el que precisamente le propone retirarse a la Peña de Arias Montano: GÓMEZ CANSECO (1992), pp. 15-16.


(56) RODRÍGUEZ MARÍN (1920), p. 26.

 


(57) COLMEIRO (1858), p. 155-6.

Como hombre docto y filólogo, también tocó temas de la antigüedad clásica. Un testimonio significativo nos lo proporciona Espinosa de los Monteros, quien, hablando de la lápida funeraria del arzobispo Honorato de Sevilla, nos dice:

 
 

«La piedra deste sepulcro estuvo muchos años en esta ciudad, sin ser conocida, entre pedaços de ruinas de edificios, hasta que nuestro gran sevillano Arias Montano la conoció, con la luz de su celestial ingenio, y la llevó a su casa, donde la tuvo en la veneración que era justo»(58)

(58) ESPINOSA DE LOS MONTEROS (1627), folio 106.

Esta piedra, llevada a su casa, nos introduce en el tema de su colección. También se llevó a su casa de Sevilla otra inscripción que tomó del castillo de Utrera, según nos relata Rodrigo Caro(59). Siempre se había interesado por la pintura, y es conocido que en El Escorial intervino en la iconografía de los frescos de la Biblioteca; tuvo un dibujo de Miguel Ángel que representaba a Ganimedes que finalmente terminaría en poder de Francisco Pacheco(60), y una colección de grabados de sus amigos flamencos Pierre van der Borcht y Crispin van der Broeck; y a sus manos pasó la colección del pintor Pedro Villegas Marmolejo, quien nombrándolo su heredero universal, le dejó su «librería de Romanos y Toscanos y todas las tablas e lienzos e pinturas e retablos divinos e humanos que se hallaren en las casas de mi morada, con todas las antiguayas...»(61).


(59) «En la torre colateral de la torre mayor del omenage, que sale a la parte del medio dia del Castillo [de Utrera], estuvo una inscripción, que yo siendo muchacho vi; llevola el Doctor Arias Montano a una heredad suya, que tenía en Charco Redondo junto a Sevilla, y de allí pienso, que se truxo, y está oy en las casas del Duque de Alcalá, entre otros muchos pedaços de bonissima antiguedad». CARO (1982), fol. 144 vtº-145. La misma inscripción se menciona en el fol. 142.
(60) PACHECO (1956), tomo II, p. 35.
(61) "Copia del testamento del pintor Pedro Villegas, otorgado ante Pedro de Almonacid, Escribano público de Sevilla en 6 de Diciembre de 1596", publicado en Archivo Hispalense, 1ª época, vol.III, 1887, p. 223.

Además tenía un nutrido monetario y otras curiosidades. Rodrigo Caro menciona unos libros hebreos aparecidos en el expolio del cementerio judío de la Puerta de la Carne en Sevilla acaecido en 1580, los cuales le llevaron(62). Hebreo era también un siclo antiguo de plata, que lega testamentariamente «por ser pieza rara e importante» al relicario del Monasterio del Escorial(63).

(62) «y allí fuera en un campo que está contiguo, que llamaban de Zebreros, donde agora está una ventilla, y de nuevo han edificado casas, tenían sus sepulcros muchos dellos [judios] de obra curiosa: los quales la gente pobre de Sevilla el año de 1580, que fue necesitado, y esteril, hallándose ociosa, dio en demolerlos. Hallaron en los sepulcros cuerpos con estraños trages, joyas de oro y plata, y en algunos se hallaron libros Hebreos; los quales llevaron al Doctor Arias Montano.» CARO (1982), fol. 20 vtº.
(63) El testamento está publicado en GONZÁLEZ CARVAJAL (1832), pp. 196-199. Nombró heredera de la Peña a la Corona, aplicándolo al Alcázar de Sevilla. Del resto de sus bienes nombró heredero universal a la Cartuja de Santa María de las Cuevas.

Estos retazos de la colección de Montano, sacados de aquí y de allá, nos hubieran dejado en la duda de si Montano poseyó un auténtico museo, aunque sabiendo de sus aficiones y conocimientos en botánica y zoología hubiera sido permitido suponer una respuesta afirmativa.

 

Por fortuna se ha conservado un documento que es mucho más explícito al respecto(64). Un año antes de su muerte, en 1597, Benito Arias Montano pasó ocho días en Zafra(65), lugar no muy lejano a la Peña de Alájar y en el que residía su discípulo Pedro de Valencia(66). El objeto de la visita era hacer donación de la colección poseída por Montano al mencionado Pedro de Valencia «porque me ha ayudado en mis estudios y en la composición de mis libros y en otras cosas y siempre lo e thenido en lugar de hijo». La donación se hace «ympartible» con el cuñado y primo hermano de Valencia, Juan Ramírez Ballesteros «porque lo e criado y thenido en mi cassa desde niño».

(64) La fortuna estriba no solamente en que se haya conservado en perfecto estado en el Archivo Notarial de Zafra, sino especialmente en que haya sido publicado por Antonio SALAZAR (1959). De este documento proceden los entrecomillados que se citan a continuación.
(65) «Arias Montano estuvo aquí ocho dias esta quaresma y luego se bolvio por la Peña a su campo de flores a donde está con salud». Carta de Pedro de Valencia al P. Sigüenza, fechada en Zafra el 1 de mayo de 1597: SERRANO Y SANZ (1910), p. 11.
(66) GÓMEZ CANSECO (1993). Las páginas 17-51 están dedicadas específicamente a la relación de Montano Y Pedro de Valencia. Ver también: Jose López Navío, "Nuevos datos sobre Pedro de Valencia y su familia", Revista de Estudios Extremeños, XVIII, 1962, pp. 471-507; G. Morocho Gayo, "El testamento de Pedro de Valencia, humanista y cronista de Indias", Revista de Estudios Extremeños, XLIV, 1988.

El inventario contenido en esta escritura(67) nos aporta tal información y cúmulo de datos, que es casi como si el propio Montano nos abriera la puerta de su casa. Comienza por la colección de pinturas, entre las que destacan las ya mencionadas «piezas de mano de Villegas al olio», veintidos pinturas con marco dorado, a las que hay que sumar, entre otras, un autorretrato de Villegas y otro de Arias Montano del mismo autor(68). También había esculturas y relieves, entre los que se cuentan obras antiguas y modernas, copias y originales y aunque los hay de tema bíblico, predominan los retratos de personajes, como «doze cabezas de emperadores de bronce con sus Pethos a la antigua y sus pies de metal. Doze medallas de los emperadores vaziadas diligentemente de medio Relieve guarnecidas de madera en flandes», no faltando las piezas presumiblemente originales, «un heracles de bronçe Rica Pieça. Un antino de bronçe que es escuela de escultores. Una apalas de bronçe».

(67) Otorgada el 1 de marzo de 1597 ante el escribano público Juan de Paz.

 


(68) Ver un comentario al legado de Villegas en: SERRERA (1991), p. 61-63.

También dona su colección de monedas: «todas mis medallas de oro y Plata y de bronce guarneçidas e por guarnescer q en numero llegaran a myll»(69); y la biblioteca, concretamente los libros de octavo, dieciséis y veinticuatro, los más raros, ya que los de folio, medio y cuarto, que «suelen e pueden ordinariamente tenerse en librerias publicas e de comunidades» los tenía donados al convento de Santiago en Sevilla(70).

(69) Son interesantes estos detalles sobre la forma de presentación de la colección. Las monedas estaban "guarneçidas", es decir enmarcadas o colocadas dentro de un soporte o panel.
(70) Se conocen dos catálogos de sus libros hechos por su propia mano, pero muchos años antes: en 1548 y 1553. Ver: Antonio Rodríguez Moñino, "La biblioteca de Benito Arias Montano. Noticias y documentos para su reconstrucción", Revista de Estudios Extremeños, 3, 1928, pp. 555-598.

El resto de lo mencionado en el inventario estaba contenido en su estudio(71), el cual --se dice explícitamente-- estaba dividido en "artificial" y "natural". El primero comprendía «todos los ynstrumentos matematicos q tengo q son muchos e de valor», que procedían unos de su estancia en Flandes y otros habían sido adquiridos recientemente en la almoneda de Simón Tovar(72). Eran compases «e otros instrumentos q se llaman teca matematica», a lo que hay que añadir los de geografía y astrología, como esferas, globos celestes y astrolabios y «todos los demas ornamentos de mi estudio q son muchos e de diversas artes». También todas las piedras preciosas que «yo tengo en el estudio artificial», tanto antiguas como nuevas, que pasaban en número de doscientas cincuenta(73); y las «herramientas todas hechas en alemania como son martillos tenazas limas herramientas de platero vigornias tornillos carrioles e los ynstrumentos que llaman mecanicos para hazer ffuerca compases de diversas maneras e un relox de asiento e uno de los que tienen pesas».

(71) La palabra sólo aparece, en este documento, a partir de que comienza a mencionar los instrumentos científicos, y no cuando se ha referido a las pinturas o esculturas.


(72) Había muerto a principios de ese mismo año.


(73) «rrubies esmeraldas cornerinas sardonicos amatistes jaspes eliotropos agatas viriles zafiros jaspes orientales cristales e otras muchas suertes».

El estudio natural, que contenía tanto minerales, vegetales como animales, se subdividía en varias partes, como era habitual, y una de ellas dedicada a los objetos marinos(74), denominada "la mar". Merece la pena que leamos el párrafo completo:

(74) En 1577 Felipe II había mandado a Arias en misión secreta ante el rey Sebastián de Portugal. En los primeros meses de 1588 partió de Lisboa hacia la Peña. El embajador Juan de Silva daba noticia al monarca castellano subrayando lo insólito del personaje: «Mañana parte de aquí cargado de conchas de caracoles...». GONZÁLEZ CARVAJAL (1832), p. 180.
 

«...todas aquellas cossas questan e se hallaren en mi estudio natural que son tierras piedras metales minerales e medios minerales de diversas suertes maderas de rresinas licores y rayces frutos animales gruessos e partes de animales e de otras qualesquiera formas e suertes de naturaleza e ansimesmo de todas las diversidades de cossas marinas e maritimas que yo tengo en la parte de mi estudio nombrada la mar.»

 

La intención de Montano con esta donación está subyacente en todo el documento(75), algo que se repite en otros muchos casos: la pervivencia de su colección tras su muerte. Porque así queda claramente establecido, ya que Pedro de Valencia y su cuñado Juan Ramírez Ballesteros solo en aquel momento pasarán a ocuparse de ella. Mientras tanto, dice Montano, «yo me constituyo en depositario de todo ello». Y es condición que repite y subraya mucho más explícitamente al referirse a los naturalia:

(75) En varias ocasiones se insiste en la indivisibilidad del legado («y confia dellos que lo harán sin los dividir ny partir»), idea que -por lo preciso de algunas condiciones- parece que estaba largamente meditada.
 

«Y es mi voluntad que dotas estas dhas cosas que ansi nombro naturales e no artificiales de que hago dosascion al dho Pº de Valencia las aya e goze en fin de los días de mi vida porque reservo en mi el usufructo e aprovechamiento dellas por todos los días de mi vida atento a que las voy acrescentando e mejorando para mayor abundancia dellas e de su conoçimiento.»

 

Las últimas palabras nos ponen sobre la pista. Montano está sumamente interesado en esa parte de su gabinete, que va «acrescentando e mejorando para mayor abundancia dellas e de su conoçimiento», porque está trabajando en aquellos días en un ambicioso proyecto, su libro Naturae Historia, -que, recordemos, trataba de geología, física y botánica, planteando un sistema universal de clasificación de todos los fenómenos naturales-, del cual ha terminado ya una primera parte que será la que se publique póstuma.

 

Es muy posible que la colección de Benito Arias se repartiera entre el Campo de Flores y la Peña de los Ángeles. Pero el hecho de que en las referencias existentes parezca que la epigrafía estaba en la casa de Sevilla, mientras que ningún epígrafe es mencionado en el documento de donación de Zafra antes citado, nos da pie para sospechar que lo contenido en este documento corresponde a lo que había en la Peña, lugar en el que se encontraba por tanto el estudio natural y el artificial. Esta sugerencia encuentra su respaldo en unas palabras de Rodrigo Caro, que hablando de este último lugar dice:

 
 

«Allí fabricó unas casas a su modo acomodadas, mas de poca duración. Llevó a ellas mucha parte de sus libros y papeles, con gran número de medallas y monedas antiguas y otras curiosidades de mucha estimación»(76).

(76) CARO (1992), p. 101.

Murió Arias Montano a las tres y media de la mañana del 6 de julio de 1598, en las casas de Ana Núñez Pérez, asistido por Isabel Acosta, viuda de su amigo el botánico Simón Tovar. Ocho años más tarde la Inquisición prohibía todas las obras de Montano, que nunca más han vuelto a ser reeditadas. De su villa de la Peña, ya en ruinas cuando poco después la visitó Rodrigo Caro, solo queda la memoria. Afortunadamente la colección donada fue llevada a Zafra, pues fue reclamada a los cinco días de la muerte(77), luego pasó a Madrid con Pedro de Valencia y puede ser que finalmente llegase a Granada, pues en 1644 quizás la heredó Melchor de Valencia que era Oidor en esa Chancillería(78). Del resto nada se sabe, salvo el testimonio algo desolador de Espinosa de los Monteros a propósito del epígrafe funerario de Honorato que según vimos con anterioridad había sido recogido por Arias Montano, dándonos de paso noticia de otro erudito coleccionista:

(77) SALAZAR (1959), p. 484.
(78) Pedro de Valencia muere en 1620 siendo cronista real en Madrid. Su mujer, Inés Ballesteros, siendo muy previsora hizo testamento en 1624 en el que legaba su parte en la colección de Montano al otro copropietario, su hermano Juan Ramírez Ballesteros (que por aquel entónces se hacía llamar Juan Moreno): «yten declaro que de las pinturas y demás bienes y curiosidades que dexó el sr. Arias Montano y las mandó al dho coronista pº de balencia, mi marido...». Pero Juan Moreno muere al año siguiente asesinado y sin testar. De esta forma la colección quedó completa en manos de Isabel Ballesteros. Cuando murió en 1644 sus bienes se repartieron entre sus hijos, y es muy posible que la colección pasase al hijo mayor, Melchor de Valencia, que residía en Granada: LÓPEZ NAVÍO (1962), pp. 473, 474, 480-2.
 

«Después de su muerte bolvio (la piedra) a estar en el primer olvido y desprecio, hasta que el Doctor Ioan de Torres, Noble hijo desta gran Ciudad, y muy diligente en adquirir memorias de antiguedad, la llevo a su casa donde oy la tiene, entre el tesoro de tantos libros y curiosidades, quantas no sera posible dezir, ni facil el verlas, por su mucho numero.»(79)

(79) ESPINOSA DE LOS MONTEROS (1627), folio 106. Ya vimos que la lápida que procedía del castillo de Utrera pasó finalmente a la colección del Duque de Alcalá.

 

* * *

 

La muerte de Montano marca también un hito, cierra un capítulo de esta historia. El siglo XVII, desde sus comienzos, se anuncia como muy distinto del anterior. Es todo un índice que el nuevo dueño de la sevillana Casa de Pilatos, don Fernando Enríquez de Ribera, la transformara radicalmente en los primeros años del siglo, haciendo un nuevo camarín en la rehecha planta alta, en cuyos salones, diseñados por Juan de Oviedo y decorados por Pacheco, se reune en tertulia con pintores e intelectuales. El nuevo siglo va a coleccionar ante todo pintura y va a dejar a un lado las curiosidades de la naturaleza(80), que pasarán a ser meros divertimentos en las casas adineradas, no solo en Andalucía sino también en la Corte(81).

(80) Con alguna excepción como Lastanosa o el Conde de Benavente.
(81) Madame D'Aulnoy, que estuvo en España y supo pintar un vigoroso retrato del Madrid de mitad de siglo, nos cuenta la siguiente significativa anécdota visitando la casa de la duquesa de Monteleón: «Las señoras estaban en una galería grande cubierta de riquísimas alfombras. Todo alrededor se veían almohadones de terciopelo carmesí, bordados de oro, más largos que anchos, y grandes mesas de taracea, enriquecidas de pedrerías, las cuales no están fabricadas en España; entredoses de plata, y admirables espejos, tanto por su tamaño como por sus ricos marcos, que los menos bellos eran de plata. Lo que de más bello he encontrado allí son los escaparates, que son una especie de armarito, cerrado con un gran cristal, y lleno de todo lo que es posible imaginar de más raro, sea en ámbares, porcelanas, cristal de roca, piedra bezoar, ramitos de coral, nácar de perlas, filigrana de oro y mil otras cosas de valor. Vi allí la cabeza de un pez sobre la que había un arbolito; no era ni de madera ni de musgo; lo notable era el cráneo del pez, que era bastante pequeño. La cosa me pareció sumamente curiosa.» D'AULNOY (1986), p. 238.

En este nuevo contexto lejos y olvidada quedará la ciudad de Sevilla, que conocerá a mitad de siglo XVII los efectos desoladores de la crisis económica, la peste y la perdida del monopolio de Indias. Las colecciones que hemos mencionado se perdieron, todo desapareció, pero no así el gran paso que aquí se había dado: no deja de ser significativo que cuando en Sevilla se pasa esta página de la historia, Europa toma el relevo. El XVII europeo verá el nacimiento de los grandes museos: el Museo Cospiano, el Calceolarianum, el Septalianum, el Kircherianum, ...
Toda esta experiencia europea va a ser recogida en un libro teorico, la "Museografía" de Neickelius donde se describe un camarín ideal(82), con sus repositorios o anaqueles y en ellos, los objetos por secciones que comprenden "cuadrúpedos y aves", "peces, serpientes y lagartos", "minerales o fósiles", "conchas y caracoles", "objetos anatómicos, momias, niños pequeños diseccionados", etc., etc.(83)

(82) SCHLOSSER (1988), p. 222-224.


(83) Pero, de todas formas, no hay mejor descripción que las propias ilustraciones que aparecen en los catálogos de algunos museos, que encontramos reproducidos en la edición citada de Julius von Schlosser.

En ellos, y el texto de Neickelius es claro en este punto, existe un programa que se manifiesta directamente en la disposición espacial de los objetos. Es decir que es un programa expositivo en el sentido museístico del término. Esta particular disposición de los objetos -y el específico interés en ello que hemos podido apreciar en los museos sevillanos, ya en el siglo XVI, no lo olvidemos- es lo que diferencia un museo de una colección y no su contenido. Son museos porque existe un orden, que en este caso pretende organizar el saber, el estudio y las ciencias. Así lo entendieron los contemporáneos, que a unas colecciones llaman museo y a otras no.
Es evidente que, en relación a un coleccionismo anterior, ha cambiado el valor del objeto. La importancia del descubrimiento de nuevas tierras y continentes fue decisiva a este respecto pues aceleró el proceso, aportando en muy poco tiempo gran cantidad de nuevos objetos, especialmente en cuanto a fauna y flora se refiere. La necesidad de integrar todo este mundo desconocido dentro de los esquemas mentales operantes acerca de la realidad provocó una fisura en la conciencia europea mayor de lo que a primera vista se puede sospechar. En la segunda mitad del siglo XVI el cúmulo de novedades es tal que se hace irrenunciable abordar el problema, lo cual se va a hacer desde una faceta científica.

 

Las colecciones se centran entonces en todo lo "curioso", tenga valor mágico o no, y empiezan a llenarse de objetos que muestren algo de inusual o extraordinario(84). Solamente cuando estas colecciones comiencen a clasificar los objetos con el fin ya expresado de integrar lo desconocido dentro de lo conocido es cuando surgirá el museo, en el cual hemos de pensar siempre como una colección que plantea una tesis científica sobre la realidad.
A partir de aquí se irá desarrollando lentamente, en un proceso que durará siglos, el museo como concepto, el cual, partiendo del campo de la historia natural, va a ir ampliando su ámbito a todas las manifestaciones del saber o la actividad humana.

(84) Y empleamos aquí el termino de "curioso" en un sentido diferente al que tenía en las Wunderkammern, donde prima ante todo el aspecto de "preciosismo": los objetos exóticos están siempre engarzados como joya, o forman parte de algún otro conjunto, o están en cajitas primorosas, etc.
   
© José Ramón López Rodríguez  
   

 

 

 
   
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SERRERA, Jose Miguel (1991) .--Pedro Villegas Marmolejo, Sevilla

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